MANUEL RODRÍGUEZ – LA TOGA BAJO EL TRAJE DEL GUERRILLERO

Omar Arroyo Pantoja.

Director Iusta Causa

Manuel Javier Rodríguez Erdoíza, es uno de los tres proceres más conocidos del periodo de la Independencia de Chile junto con Bernardo O’Higgins y José Miguel Carrera, los denominados “Padres de la Patria” (curiosamente, en Chile poco se habla de José de San Martín), en esa línea, Rodríguez se ha insertado en la memoria popular bajo la figura del guerrillero, se le conoce por sus hazañas durante el periodo de la Reconquista y, por cierto, por su célebre frase – “¡aún tenemos patria ciudadanos!” – entre tantas otras cosas que pueden mencionarse sobre tan notable personaje.

            No obstante, el estudio sobre la figura de Manuel Rodríguez suele verse enfrentado al problema de las escasas fuentes formales con las que se cuentan, por lo cual, su construcción se hace a través de la interpretación de los hechos en los cuales Rodríguez estuvo envuelto,  como también a través del relato popular que se ha configurado en torno de la figura del prócer (canciones, poemas, novelas, películas, pinturas, etc.), sin perjuicio de ello, existe una faceta poco difundida, la del Rodríguez abogado, que suena bastante menos interesante que la del guerrillero, pero que puede ser un punto importante para entender la personalidad de Manuel, la que lo distingue de los otros proceres.

            Manuel, hijo de don Pedro Rodríguez de Herrera y Zeballos y doña María Loreto de Erdoíza y Aguirre, comenzó sus estudios gracias a una beca en el Convictorio Carolino, el mejor y el más caro de la época [1], donde fue compañero de José Miguel Carrera, de hecho, se escapaban juntos por las noches a “La Chimba”, hasta que, de un momento para otro, José Miguel no regresa más. Rodríguez por su parte, culminó sus estudios en el convictorio el año 1799, en él, estudió latín, filosofía, cánones y leyes, los que perfeccionaría en la Real Universidad de San Felipe, a la cual postula en junio de 1799. [2]

             Ya en la universidad, Manuel no tardó en destacar por su incansable dedicación a los estudios, lo vemos examinarse “nemine discrepante”, esto es, por unanimidad. [3] Rodríguez ya en ese entonces, criticaba la vieja enseñanza del derecho impartida por la universidad, basada principalmente en el Derecho Canónico y Romano, en palabras actuales, Rodríguez quería cambiar la malla curricular de derecho para una mejor enseñanza y comprensión más actualizada de sus materias.  

Tuvo varias complicaciones para doctorarse (pues Rodríguez tenía aspiraciones de índole académica, de hecho, impartió clases en la Universidad de San Felipe), ya por falta de recursos o por las circunstancias que rodean tales intentos, más no por sus méritos, “No he visto en el lapso de muchos años que soy profesor de este ilustre cuerpo, tan distinguido amor por las letras y aplicación” [4], señalaba el rector de la Universidad de San Felipe. Finalmente, en 1809 Manuel Rodríguez obtiene el título de abogado.

            Ya por ese tiempo, Manuel frecuentaba las tertulias santiaguinas, espacio que le permitía ponerse al tanto de las noticias y literatura del viejo mundo, de la mano de intelectuales de la época, algo casi indispensable en el aburrido Santiago colonial, reflejo del espíritu inquieto del prócer.

            Rodríguez se dedicaría durante algún tiempo a defender algunas causas en la Real Audiencia, lugar donde aprendería Derecho Castellano (materia por la cual abogó en la universidad), lugar donde vuelve a resaltar por sobre el resto, su gran oratoria acompañaba su relato dándole vida al mismo.

             Como señala Latcham, Los códigos y los cánones iban a ser molidos en la gran trituradora de hombres e instituciones que comienza en 1810. La toga del jurisconsulto será reemplazada par la espada del guerrillero [5], no obstante, su formación intelectual, como su intolerancia a la injusticia y su apego a los ideales que lo movían, iban a determinar en gran medida los hechos de Manuel Rodríguez “el político”, nos referiremos a ello.

            Asumimos esta columna afirmando que Manuel Rodríguez, era uno de los tres “Padres de la Patria” o al menos, uno de los tres más conocidos, ello junto a Bernardo O’Higgins y José Miguel Carrera, no obstante, bien es sabido que, tanto O’Higgins, como Carrera, representaban dos proyectos políticos diferentes, en efecto, Manuel participaría del gobierno de José Miguel.

            Rodríguez, a diferencia de Carrera y O’Higgins, era un demócrata, su proyecto político (si se me permite así decirlo), era bastante adelantado para la época, más parecido a los estados modernos, sin duda, producto de su formación intelectual y, por cierto, por la plena confianza que Manuel tenía en el pueblo o, si se quiere, en las “clases populares”, pues fue éste quien lo defendió y ocultó de los terribles talavera. Por su parte, O’Higgins, que si bien recibió buena instrucción en buenos colegios, adhirió al plan de José de San Martín, uno de índole militar, de concentración del poder político, asociada a la ya conocida Logia Lautarina y, más recientemente, al denominado Plan Maitland. A su vez, José Miguel, contempla un gobierno personalizado, más al estilo napoleónico – no debemos olvidar que Carrera combatió contra las fuerzas napoleónicas en Europa, y más importante, vió lo que podía lograr el general corso – y, como Napoleón, Carrera no era muy dado a pedir permiso a la hora de lograr sus propósitos. Es así como Rodríguez tiene problemas con ambos, con su amigo José Miguel (amigos, pero sinceros entre ellos), cuando lo acusaron de conspirar en su contra y hacerse del poder y, por cierto, con O’Higgins, lo cual le costó la vida.

Ambos lideres, solo podían envidiar el carisma, elocuencia, y cariño que generó (y que genera) Manuel Rodríguez, pues, sus virtudes fueron otras.

De hecho, con lo dicho, el supuesto y conocido dialogo con O’Higgins cobra bastante sentido:

“Usted ha conocido, señor Director, perfectamente, mi genio. Soy de los que creen que los gobiernos republicanos deben cambiarse cada seis meses, o cada año a lo más, para de ese modo probarnos todos, si es posible, y es tan arraigada esta idea en mí, que si fuese Director y no encontrase quien me hiciera la revolución, me la haría yo mismo. ¿No sabe que también se la traté de hacer a mis amigos los Carrera?”

            De esta manera, a juicio de este autor, Rodríguez ejerce la abogacía en todo momento, y solo en ello discreparía con Latcham, Manuel Rodríguez no reemplazó la toga por la espada del guerrillero, una persona formada en ese rigor, no puede desprenderse, por más que asuma una función distinta, de los ideales que se plasman en la gran disciplina del derecho.

            Finalmente, y como última licencia, permítanme recordar que, a 203 años de la muerte de Manuel Rodríguez Erdoíza, aún no se tiene certeza sobre su paradero, una deuda no menor y, que a la fecha ha sido saldada.

Las lágrimas se me caen

Pensando en el guerrillero,

Como fue Manuel Rodríguez

Debiera de haber quinientos,

Pero no hay ni uno que valga

La pena en este momento.

Violeta Parra – Hace falta un guerrillero

1.- Reyes del Villar, Soledad – “Manuel Rodríguez, aún tenemos patria”, Ed. El Mercurio – Santiago, Tercera edición – 2018, p.25.

2.- Latcham, Ricardo – “Vida de Manuel Rodríguez. El guerrillero. Santiago: Nascimiento – 1932, p. 21.

3.- Latcham, p.22.

4.- Opazo Maturana, Gustavo, 1949, como se citó en Reyes del Villar, 2018, p. 27.

5.- Latcham, p 19.

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