Juan Martínez de Rozas ante el espejo cambiante de la historia

Armando Cartes Montory

Abogado, doctor en historia, profesor titular del Departamento de Administración Pública y Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Concepción.

Las independencias americanas constituyeron una gran crisis que condujo a la  renovación del orden político internacional y desembocó en la creación de muchos Estados nuevos. En su origen se hallan profundas transformaciones económicas y culturales que recorrieron el mundo atlántico.

Un fenómeno similar de mutación de las conciencias y actitudes, también progresivo y a ritmo desigual, se dio a nivel de sujetos individuales. Los súbditos americanos, en su tránsito hacia la república y la ciudadanía, vivieron procesos en que se cruzaban los eventos en desarrollo con sus propias biografías. Para las elites criollas, la creciente conciencia de su identidad y valor, así como las ambiciones frustradas por el monopolio comercial y su postergación frente a los peninsulares, los fueron preparando hacia la búsqueda de una mayor autonomía.

Entre los leales súbditos que sufrieron decepciones al ver el cuadro general del Imperio, atizadas por sus personales frustraciones, estuvo Juan Martínez de Rozas; uno de los pocos revolucionarios de primera línea que no tuvo una vivencia europea. No obstante, en la fase temprana de la emancipación, fue el gran promotor y organizador de las transformaciones, desde la praxis política. De ahí el título de “fundador y maestro de la revolución chilena” que le asignara, curiosamente,  un monarquista.

Su actuación, aunque breve, fue dramática y decisiva. Indudablemente fue un ideólogo influyente, a pesar de que pocos de sus escritos han sobrevivido. Si bien ostentó el grado de brigadier de milicias y recibió formación militar, su actividad fue más bien política. Su rápido ascenso, en el momento más crítico de la revolución, solo puede compararse a su estrepitosa caída. Esta lo llevó de vuelta a su propio origen, su Mendoza natal, solo como había venido, donde encontró pronta muerte.

En las décadas siguientes su figura fue exaltada, hasta devenir en símbolo del albor republicano y de los ideales del primer gobierno autónomo que tuvo Chile. Hacia fines del siglo XIX, retoma su rol simbólico de precursor de los ideales libertarios de la emancipación, como factor de unidad nacional, luego de la Guerra Civil de 1891; enseguida también de unión entre países, durante la grave crisis que puso a Chile al borde de la guerra con Argentina. Entonces, se redactaron varias biografías hagiográficas y, como un gran gesto republicano, la repatriación de sus restos se concretó desde Mendoza, en 1892. Desde 2016, sus restos descansan en Concepción, en el Panteón de la Patria, inaugurado ese año en el Cementerio General de la ciudad.

Su memoria fue recuperada, con una perspectiva cívica y regional, en el contexto de las conmemoraciones del Bicentenario de la Primera Junta y de la Independencia de Chile. Hoy en día, en que se discuten nuevamente las nociones fundamentales de república y constitución, es justo recordar -como ha dicho el gran historiador Diego Barros Arana- que Rozas fue el primero en hablar de la necesidad de una constitución política, que asegurara los derechos y las libertades de los futuros chilenos, cuando el país ni siquiera conquistaba todavía su independencia.

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